dimarts, 30 de novembre del 2010

Haití y sus otros terremotos (Eduardo Galeano)



El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se
enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar
algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad
universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente
Préval.




Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más
difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es
verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del
tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la
revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a
prohibir la esclavitud.



Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo.
Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití
provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo
escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento
diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo
al desorden y a la violencia. .

Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil
abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.



Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las
pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y
violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer
mal el bien.Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era
una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las
revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y
otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que
viene del África.El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al
caos. De la maldición blanca, no se habló.



La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:
–¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias? El anterior. Pues, que se
restablezca–. Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves
llenas de soldados. Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la
independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra
arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la
guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a
Napoleón Bonaparte.A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una
indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del
pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado
por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones
de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo
llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se
cumplió, por fin, la redención final.



Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos. A cambio de ese
dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció.
Haití había nacido condenada a la soledad. Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque
le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a
la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que
liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el
prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-
Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar. En realidad, las colonias
españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos,
aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821,
pero la realidad no se dio por enterada.



Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854. En
1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que
hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de
ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la
liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva
York.



El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles,
restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a
restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas.



Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero,
Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en
la plaza pública. La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron
dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier
posible asomo de democracia.Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República
Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de
Trujillo. Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las
desventuras y los años.

Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de
los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez
reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a
derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que
siempre regresan, como la gripe. Pero los expertos internacionales son mucho más
devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del
Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron
negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el
Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción
nacional.



Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o
balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero
esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios. Ahora Haití importa
todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente
bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la
producción nacional.En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití,
hay un gran cartel que advierte: El mal paso. Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y
hambre, miseria, pestes.



En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de
recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos
crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.




Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si
fuera chatarra. Espera las manos de su gente.




Eduardo Galeano



El amor de Dios y el amor al prójimo
son dos hojas de
 una puerta que sólo pueden abrirse y cerrarse juntas”


Kierkegaard

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